Opinión / Pensamiento Divergente / Mundo Bohemio y la Libertad de los Mapas
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5 de septiembre de 2012

Pasión turca


Las nubes en dirección a Plovdiv/London. J.M

Me apasiona el instante en el que miro a través de la ventanilla y observo la ala del avión. El mismo instante en el que el vehículo está posicionado en la pista de aterrizaje, tras largas esperas en salas impersonales y controles aleatorios de azafatas antipáticas. Apoyas la espalda sobre el respaldo del asiento, tu compañera de aventuras cierra sus ojos y te aprieta la mano, siente algo de miedo, pero tú estás tranquila, vuelves a mirar por la ventanilla y te sientes parte de este preciso instante en el que el avión propulsa toda su fuerza y se impulsa hacia el cielo. Se trata del riesgo de abandonar tierra firme y perderte entre las nubes, verlas pasar y dejarte... simplemente dejarte. 

Viajamos para sentirnos con nosotros mismos, pienso yo, en vez de conectarnos con los demás. Viajamos para dejar de pensar y pasar a sentir. 
Olvidar lo que somos en nuestros lugares de residencia. 
Viajamos para alejarnos de nosotros mismos en nuestras identidades laborales
como si no fuéramos algo más que oficios enclaustrados en reglas sociales absurdas. 
Viajamos para ver, ver la vida pasar, sentarte a tomar un té en la calle, preocuparte únicamente de cuál será el siguiente punto que visites, hablar con las personas, aunque sea en modo mono por la imposibilidad parcial de comunicación estándar.

He conseguido el objetivo número uno de mis vacaciones: desconexión laboral absoluta. No he echado de menos escribir, ni siquiera te he echado de menos a ti. Me he dedicado a pasear por las calles de Plovdiv (Bulgaria) con sus resquicios comunistas, plagadas de máquinas de café, como si no hubieran establecimientos donde tomar una taza de café, a través de su casco antiguo, turísticamente masificado y algo descuidado.

Me encanta la escritura/ J.M

Casco antiguo de Plovdiv/ Paseos. J.M


Tras ocho horas de bus nocturno desde Plovdiv, paseé junto a mi compañera de aventuras por las calles de Istanbul. La ciudad de la efervescencia, decía ella. Y yo simplemente me reía. Porque me he reído muchísimo con un egipcio al que conocí, con un canadiense happy flower que debería limitar su confianza en la humanidad y que no hacía más que repetir aquello de "i am so sorry". Cuando se viaja con siete kilos a la espalda y hostales internacionales, se conocen muchas personas.

Me impactó de la ciudad esa mezcla de gentes y cultura, su movimiento comercial, su vicio por los mercadillos y los bazares, la gastronomía...  Admiro de los turcos su capacidad para ver la vida pasar. Se apoyan en sus asientos diminutos a las puertas de sus comercios, se toman un té, después otro y otro, mientras charlan unos con otros. En España y en Europa a veces se tiene la sensación de que se vive demasiado rápido, "tengo 26 años y no sé qué hacer con mi vida", "tengo 26 años y aun no la he vivido", "tengo 26 años y estoy obsesionada por todo lo que no he conseguido". Nuestra vida es tan estrepitosa que sentados en un banco a observarla, apenas tendríamos tiempo para desarticular sus escenas, sus protagonistas y sus colores. 

Me gusta la pintada junto a la mezquita/ Istanbul. J.M

Una ciudad preciosa / J.M
La costumbre de los mercadillos / J.M
Se percibe en Estambul una especie de movimiento en explosión, cuyo epicentro parece ser el barrio de Taksim, situado en lo alto de la ciudad y donde las pintadas en sus paredes, las cervezas en las terrazas, las modas textiles y sus ciudadanos para arriba y para abajo, te inducen a olvidar a momentos, que más bajo, en la otra parte de la ciudad, al(l)á donde se sitúan la Mezquita Azul, Santa Sofía y el gran palacio con vistas al Bósforo, las personas que caminan, se sientan y ven la vida pasar son más tradicionales, no beben cerveza, las mujeres visten velos y abrigos, algunas incluso el nihab. 

El abrigo de ellas es uno de los aspectos que más nos llamaron la atención. Independientemente de la cuestión del velo, al que estamos parcialmente acostumbradas en España, el abrigo no lo comprendemos muy bien. Muchas de ellas, lo visten encima de más ropa, por lo que acumulan muchas capas a una temperatura de 40 grados. Recuerdo estar en un baño público (gran parte de la vida se desarrolla en la calle y existen muchos baños) y entró una mujer completamente tapada. Se desvistió, sudaba muchísimo y pareció aliviarse con unos minutos de desquite textil. Estuve a punto de preguntarle qué se siente cuando se porta tanta ropa, cuál su sentido, si ella lo eligió, pero no me atreví. A veces creo que los occidentales nos paseamos por el mundo con nuestra óptica de modelo democrático a seguir, y después, resulta que vivimos a expensas de mercados invisibles. 

 Respecto de los turcos dedujimos el concepto de "mantenimiento de la mirada". En un principio hace gracia que te miren constantemente, al tercer día molesta. En general son chicos muy guapos, morenos, altos y  mirada muy intensa.

Encontré una galería de libros preciosa/ J.M

Ciudadanos para arriba y para abajo/ J.M
Tras Estambul, 12 horas de autobús nocturno, nos dirigimos a Marmaris, situado al sur oeste de Turquía. Allí vive un amigo mío turco al que tuve la suerte de conocer en Alemania y al que le tengo muchísimo cariño. Marmaris es una urbe turca al estilo de Salou, situada a las orillas de un mar sereno y precioso, pero con un casco antiguo que reluce más por las luces de neón de sus discotecas, bares y restaurantes dirigidos a ingleses, rusos, ucranianos... que por su muralla y la esencia de su historia. Sí se percibe un cambio de mentalidad respecto de Estambul, las personas visten ropas más ligeras, se bebe cerveza y la figura de Atatürk es un icono que se cuida mucho.

Allí tuvimos la suerte de ser acogidas por músicos turcos que nos han tratado como sultanas. Personas muy amables, simpáticas y divertidas. Les hacía mucha gracia nuestro impacto por su incensante actividad de beber té y comer dürüms. En una de las primeras conversaciones que mantuvimos, uno de ellos nos contaba el conflicto político que mantiene el país con los curdos, describiéndolo como una minoría que comete "actos terroristas". He leído poco sobre este conflicto, así que no puedo emitir opinión. Le comenté el problema que teníamos en España, el proceso de paz que se (des)vive ahora en Euskadi, mi implicación en él a través de mi novela y mi trabajo... Me quedé sorprendida cuando me preguntó cómo podían existir conflictos así en la Unión Europea, qué más podíamos pedir.

En ese instante se es consciente de la suerte que tenemos de pertenecer a la Unión Europea. Músicos que han sido presionados por la familia y la sociedad para que estudiaran economía en la Universidad. Ansían viajar, salir, venir a España para escuchar flamenco, conocer a otras personas, ver otros modelos de mujer... pero tienen muchísimos problemas para solicitar un visado. Mi amigo ha vivido dos años en Alemania, habla alemán y su sueño es crear una bar de música allí, pero el Estado le deniega el visado y él se queja, pero es optimista y dice que algún día se lo darán. 

A veces ocurre que imprevisiblemente las cosas cambian. Tras mucho tiempo de constancia laboral, cuando tu vida se reduce a trabajar y las circunstancias no favorecen, vives entumecida en el miedo a fracasar, tecleas en dirección adecuada pero sin un sentido claro y además ocurren cosas desagradables con personas varias. Pero de repente aparece alguien. Es muy diferente a ti, y algo te une a él, no hablas de trabajo, apenas podéis hablar, pero consigues susurrarle quién eres, qué haces con tu vida y os reís de las diferencias entre ambas. Resulta extraño, dada la importancia de las palabras en tu vida, porque con esa persona no son necesarias, sino que miras sus ojos verdes, sonríes y día tras días se constituye una única razón, que ciertamente roza la sinrazón, pero que acalla las razones ajenas que te dicen que no existe y que se desvanecerá. Te aferras a ella, como cuando decidiste escribir una novela y todos creían que estabas loca.

Después pasas por Grecia y Alemania, pero continúas en aquel mar, en aquellos ojos verdes, en su pelo moreno, vuelves y escribes este post que trata sobre la libertad de las personas, sobre la visibilidad de vivir la vida, de verla pasar y disfrutarla, de la injusticia que a veces comporta ver a personas que no pueden salir de su Estado, sobre la necesidad de viajar con compañeras de aventuras que te incitan a seguir creyendo en la humanidad, sobre lo precioso de otras culturas, aun cuando no compartas la mezcla con religiones, el respeto por ellos, la curiosidad por hablar con ellas. Escribes. Y vuelves hacerlo, después de mucho tiempo de tecleo rutinario, con pasión. Y no sé si aquellos ojos verdes o estas palabras son la verdadera pasión turca.

23 de julio de 2012

Mochilas mochileras

Escrito bajo el mandato de hacerlo lo peor posible
Modo de producción: 
Fase 1: primera versión corregida. 
He eliminado los dos primeros párrafos y los he congestionado en una frase. 
Digital; no resultar pesada.  
Fase 2: segunda versión corregida. 
Corrijo incluso el modo de producción del nuevo mandato instaurado en RD. 
Abrevio al máximo las frases. Evito repeticiones. 
Final reconstruido tres veces.
Fase 3: tercera versión corregida. 
Me fumo un cigarro y me olvido de lo que puedas pensar.
 
Amaneceres en el mundo / Túnez. Ana Santamaría

He encontrado mi mochila mochilera definitiva. Su viaje de inauguración es inminente: Bulgaria, Turquía, Grecia y Alemania. En ella irá mi libro de viajes definitivo, hasta que las páginas lleguen a su fin, como ha ocurrido con mi nuevo pasaporte, sin los sellos de viajes pasados, me apena los de Túnez y Bolivia, y mi cuaderno de reflexiones en papel.

Mi mochila mochilera definitiva es pequeña: 40 L. Algunas personas me han preguntado qué voy a meter en ella para sobrevivir a los 16 días de mochileo. Pienso: cinco bragas, un biquini, ambos cuadernos, la cámara, un par de pantalones, tres camisetas y un vestido para salir de fiesta, aparte de enseres para baño y un mini botiquín. Ah y una guía de viajes. Una guía por país, aunque después no le haga caso.

Mi (inminente) compañera de aventuras y yo la vimos. Es idónea, de color negra y roja, como la primera plantilla de photo stencil que he creado. Tiene cremalleras por aquí y por allá (serán necesarios dos candados) y un buen agarre en la espalda (evitar lumbagos innecesarios).

Recuerdo la mochila de la escuela. Aquel cúmulo horroroso de libros a la memorieta, hasta que aparecieron las mochilas con ruedas, y entonces te convertías en una pringada por funcionar a lo antiguo: llevar a cuestas todo el material. Tal y como ocurre ahora con las gafas de pasta.

Las mochilas guays son las que sirven para viajar. Sin comprender por qué se cuantifican en litros: 40 L, 70L... Su uso es variado: 

1. Algunos quieren conocer costas soleadas y se equipan con mochilas mochileras definitivas compradas para tal efecto; tres bragas y dos pares de calcetines, y una guía de viajes que pesa más que el resto de los elementos, y pensando que no tienen que facturar, se relajan y pierden el vuelo. 

2. Otros viajan con una mochila de portátil; cuatro calzoncillos colocados en un lateral y muchas ganas de llegar al lugar de destino. 

3. A veces se viaja con tan poco dinero que no puede destinarse mucha cantidad a la mochila mochilera definitiva, y por eso existen las pasajeras, cuya descomposición avanza a medida que lo hacen los días de viaje. Un día se cae un bolsillo, al día siguiente se estropea la cremallera general. 

Cada persona una mochila invisible /Barcelona. J.M

Las mejores o las peores mochilas son las que no se ven, tampoco se huelen ni se palpan. Aunque algunas personas sí pueden verlas, olerlas y sentirlas, en especial, cuando se abraza a una persona muy querida y se percibe un bulto molesto en su espalda. El simple hecho de percibirla ayuda a disiminuir su peso. Puede verse a lo lejos cuando los portadores caminan encorvados como si llevaran consigo todo el peso del mundo o sentándose lo hacen en la extremidad por miedo a sentir el respaldo en su totalidad.

Son las mochilas invisibles. Pueden (o no) acompañar a las verdaderas mochilas mochileras definitivas. Pocos admiten llevarlas a sus espaldas, aunque todos, en mayor o menor medida, lo hagamos. Su labor es especialmente dificultosa; llenas de piedras, espinas, zarzas que pinchan y a veces, incluso de agua, también invisible, pero putrefacta, esa sí que huele, resultado de haber estado sumergido durante mucho tiempo en otra variante de agua (uno no se ahoga por sumergirse en el agua, sino por permanecer mucho tiempo sumergido en ella).

Las mochilas invisibles son peculiares. Pueden ser buenas y malas. Se adquieren sin uso de razón, cuando apenas sabemos nuestro nombre, pesan tanto y producen mucho dolor, las paletillas se cansan y las rodillas necesitan reposo. Aunque yo pienso que a veces son buenas, en especial, cuando se vuelven visibles y permiten comprobar su peso, se cuantifica entonces cuál es el cansancio de portarla y descubrimos que existen lugares mágicos donde palparlas, describirlas y abrirlas, mirar dentro, analizar cada detalle y sacar cada uno de los elementos con sumo cuidado, aunque el proceso pueda resultar doloroso, pues exige recortar aquí y reconstruir allá.

La (in)dignidad de la asociación de espaldas que gestiona mal el peso de mochilas invisibles /Barcelona. J.M
No solo las personas portan mochilas invisibles. También lo hacen los países. Algunos fabrican a escondidas sacos y sacos de mochilas invisibles, el denominado tráfico de mochilas invisibles, que después actúan como bombas entre los verdaderos fabricantes de las cosas bonitas del país al que pertenecen, porque los que las han llenado de piedras gigantescas, feas y pesadas, no han gestionado bien la asociación de espaldas que merece ser castigada y ésta sí es mala.



Conclusión: Paradójicamente, tengo que perfeccionar lo de hacerlo lo peor posible.

4 de julio de 2012

Y tu verano ¿cómo suena?

La época de las faldas sin medias, las camisetas de colores y los colgantes alegres; los pies bailan descalzos, contentos de liberarse de calcetines y botas de invierno, a excepción de esa extraña moda que combina calzado pesado con 40 grados de temperatura; la piel blanquita y suave se broncea; los cabellos se aclaran; los pechos lucen sabrosos y los ojos han de protegerse con gafas especiales que concuerdan con la ligereza de ropa que incita a excitación y ganas de pasarlo bien.  

 ¡El verano! Sabe tan a dulce...
Huele tan a saludable...
La brisa marea las flores, 
aviva las ganas de acudir a las orillas acuáticas 
y acentúa el terraceo.
¡Es el verano! y se palpa tan bien...
 los nervios se apaciguan, 
las ojeras desaparecen y las alegrías aumentan. 

Pero ¿cuál es su sonido? 
¿Qué conjunto de melodías lo caracterizan? 
¿Lo identificamos con los ojos cerrados y las narices entaponadas?

La oscuridad de los edificios impacta con la claridad del cielo/ Allariz. J.M

Sonidos veraniegos 

Suspiros debidos al calor fulminante o al calor que no llega. Sandalias que teclean sobre los asfaltos calientes. Pieles calurosas que intentan aliviarse con gotas de sudor desde todos los rincones del cuerpo. La onometapeya que se produce cuando se bebe con pasión de una botella de agua fresca.

El silencio, cuando te tumbas en una toalla sobre la arena. A lo lejos se escuchan las olas, su constante es invariable; un sonido hermoso y vibrante, natural, de la tierra, refresca en su propia esencia y peligra si no se hace un uso adecuado de él. Te tumbas en la toalla boca abajo, después de haber escuchado el sonido de la crema solar, otra onomatopeya que contiene un olor usual; a líquido protector y esencia. 

Los rayos del sol bañan tu piel, las personas hablan a tu alrededor, algunos niños gritan y juegan... 
El sonido más desagradable es el que producen los miles de granitos de arena que se incrustran en tu cuerpo, 
     después,
        el sonido del agua dulce de la ducha,
          fluido y corporal,
          barre aquel y concluye en el sonido más bonito del mundo;
el de la relajación,
la tranquilidad
y las ganas de dormir.

El sonido blanco envuelve/ Asturias. J.M


El sol calienta cada rincón/ Asturias. J.M

Algunas personas no pueden escuchar el sonido de la playa porque necesitan aquel que se produce cuando la cuenta corriente contiene un (buen) cúmulo de euros. También representa el sonido de la tranquilidad, generalmente precedido del de la preocupación por ser contratados. Los euros son invisibles en ella, ella misma es inodora, pero extrañamente producen en nosotros un sonido feliz, cierto que también necesario (he cedido en este asunto).

Me encanta el sonido de las que son mis compañeras de aventuras. Nos perdemos por el mundo, conocemos a otras personas, nuevas culturas, hablamos en otros idiomas, aunque a veces es necesario producir sonidos con las manos para hacernos entender. 

¡Qué bien suena la inspiración y la libertad! 
El de la desconexión y no mirar atrás, 
sino hacerlo hacia delante con optimismo y pasión. 

El no-sonido que más me gusta es darnos un tiempo, descansar, juntarnos en una terraza, en la playa, en el río, en la piscina, en el porche de una casa y hablar, hablar, contar chistes, historias... reírse mucho, prepararse para salir, bailar, disfrutar, no recordar las preocupaciones diarias, participar en las fiestas de los pueblos, escuchar la risa de aquella amiga que no vemos en todo el año, contagiarnos por ella, producir un estallido de carcajadas que acongoje al pueblo, la playa, el río... entero, los dejaremos a todos mudos ante nuestra alegría desbordante de estar todos juntos en verano.

Explosiones de sonidos vibrantes que nos permitan identificarnos como lo que somos: personas. Explosiones de brindis, de sonrisas, de lágrimas de risas...
Explosiones emocionales en alza.
Explosiones sexuales.
Explosiones del sentir...


7 de junio de 2012

Estancias

Con la colaboración de Laura Seoane* 
Textos y fotos J.M/ L.S

¡Fragmentar tu pensamiento, atraer tu atención y obligarte a participar en él! 
¡Anímate! ¡La vida son cuatro días y hay que divertirse! 

Instrucciones: El objetivo de este juego consiste en marear al lector. Un primer texto expone determinados hechos (bastante insensatos). En él y a partir de él, el lector debe descubrir los dos textos restantes, cada uno de ellos le mostrará un desenlace diferente de los hechos, así como imágenes que aportan datos a la narración. Las autoras de este ejercicio le regalamos el final.

¡Juguemos! 

25 de agosto de 2010

Donostia, una ciudad de postal

 Fotos: J.M

Este es mi tercer mes en San Sebastián. Un viaje intenso se aproxima, y seguro que este blog adquirirá nuevos aires, así que allá va el nuevo punto de partida. Así, mato las horas muertas en la redacción.


Es una ciudad muy bonita. Yo siempre la he descrito como una ciudad de postal y creo que se ajusta a la perfección. Donostia tiene de todo: playa, monte, casco antiguo, puentes, periferia y sobre todo, mucha elegancia. La capital guipuzcoana tendrá aproximadamente 175.000 habitantes (estimación mía). Siempre pregunto cuántos habitantes tiene una ciudad o un pueblo, me gusta saberlo, dice mucho de él. Supongo, que el hecho de que lo pregunte también dice mucho de mí.

La vida de esta ciudad gira en torno a sus tres playas: Ondarreta, La Concha y la Zurriola. A mí la que más me gusta es la última. Playa artificial creada hace tiempo que se situa a las espaldas del Kursaal, y que siempre está llena de gente joven y, sobre todo, de surfistas. A mí eso me gusta. Es la playa surfera por excelencia. Aunque, lo cierto es que la más famosa es la Concha, que goza de una reputación ganada por su largo paseo, la elegancia de la alcantarilla que la rodea, y que con el paso del tiempo, se ha convertido en uno de los símbolos de San Sebastián. Además, en ella se ubica el balneario La Perla, un sitio digno de ser visitado. Yo creo que le falta intimidad.

Es una gozada poder realizar las prácticas en un lugar como San Sebastián. Aunque está muy alejada del resto de la península (ir a Madrid en autobús es una agonía), lo bueno es que Francia está a tan solo un paso. Un paso que equivale a media hora en coche. Allí todo es diferente, empezando por el idioma y, especialmente, por la gente. Para qué engañarnos, aunque adore a mis amigos franceses, son más sosos que nosotros.

Como pasa con todo, la elegancia y la belleza de esta ciudad presenta su cara opuesta. No es urbana. Aspecto que en cierta manera me sorprende. Estoy acostumbrada a Madrid. Además es una ciudad muy cara. Está plenamente acondicionada para las bicicletas, aunque yo nunca uso este tipo de transporte, no lo hice en Alemania, aspecto inherente a los habitantes de allí, no lo voy a hacer aquí. Por lo que siempre tengo que tirar del autobús, y el transporte, en general, está bien, aunque los malditos semáforos, situados cada diez metros, suelen acabar con mi paciencia. Lo de que sea candidata cultural, no lo comprendo muy bien. Aquí cultura hay, pero es cara, por lo tanto yo no accedo a ella. Y yo me considero una persona cultural.

La gente es muy simpática y se habla mucho euskera. Eso también me gusta. El Boulevard es el punto de encuentro de muchos ciudadanos. Tiene mucho encanto. Los turistas y los donostiarras se agolpan en verano para comer un helado, disfrutar de los pintxos o tomar unos zuritos. Hay músicos, artistas... se ve una ciudad dinámica.

En general, me gusta estar aquí, aunque este lugar no consigue exprimirme. No sé por qué. Lo bueno de todo es que he recibido muchas visitas, algunas de ellas aún por llegar, otras han sido canceladas en el último momento (va por ti, Ana).

Laura vino en Aste Nagusia, una gran fiesta, que abarca a un gran número de ciudadanos, la mayoría de ellos turistas. Esto también me gusta, aunque algunos donostiarras la aborrezcan. Rosa llegará este fin de semana y una gran fiesta en casa de Nagore la aguarda, además del Zinemaldia y la sonrisa de Julia Roberts (no es por desanimarte Rosa, pero dudo que la lleguemos a ver).

Manuel vendrá dentro de dos fines de semana, un galleguín por San Sebastián acalorado tras el concierto de U2 (me das miedo, no traigas licor café por favor, debo empezar a cuidarme). Y una de las grandes visitas que tendrá lugar en maritxu kajoi (fiesta por excelencia de Mondragón), ADRIANA. Estoy impaciente por escucharla chapurrear frases en euskera (me encanta), por verla vestida de los años 50 y por jugar un parchís a las 14.00 del mediodía en un bar de mala muerte, como aquella vez.

Me voy contenta. Un artículo positivo. Eso también me gusta.